Secuestro para dos
(La escena se plantea en una almacén abandonado. Se ven muebles de escritorio deteriorados, cajas tiradas y suciedad. El ambiente es lúgubre y hay mucho claroscuro.
En la esquina izquierda hay una silla y una mesita vieja, en ella una botella de ron a la mitad y un teléfono celular. En la esquina derecha, a oscuras, está Humberto sentado en el piso con la cabeza gacha. Ramiro está caminando de un lado a otro fumando un cigarro. Se percibe un ambiente tenso. Hay sonido ambiental del tráfico de una calle que va desvaneciéndose según transcurre la escena.)
HUMBERTO. ¿Cuánto tiempo me vas a tener aquí amarrado?
RAMIRO. El tiempo que quiera. ¿No te das cuenta que el que tiene el control aquí soy yo?
HUMBERTO. Tienes el control sólo porque tienes un arma.
RAMIRO. No importa. Quien está amarrado aquí eres tú y vas a hacer lo que yo diga.
HUMBERTO. ¿Y por cuánto tiempo? Mi familia ya me debe estar buscando y no creo que tarde en llegar la policía.
RAMIRO. No lo creas, este lugar es muy difícil de localizar. Jamás se imaginarían que estás aquí.
HUMBERTO. ¿Dónde estamos? Oigo los carros y el tráfico.
RAMIRO. Lima es muy grande y lo suficiente cuando uno no quiere que lo encuentren.
HUMBERTO. Ellos van a venir.
RAMIRO. Bueno, y si vienen, ¿tú crees que les guste encontrarte así? Un gran empresario como tú: sucio, en el suelo, amarrado, indefenso. Totalmente desprotegido, sin ningún poder. Tú, Don Humberto De las Casas, primera vez en toda su vida desde que nació, sin un sirviente que lo ayude, sin ningún empleado que lo atienda. (Se agacha y lo mira retándolo) Es difícil tocar el suelo, no? Ahora ya sabes lo que se siente.
HUMBERTO. Simplemente quiero mi libertad. Puedes pedirme lo que quieras.
RAMIRO. No te preocupes que ya están pidiendo lo que queremos y muy pronto esto se va a acabar. Muy pronto podrás regresar a tu casa linda, con tus hijas preciosas... Lindas señoritas, no?
HUMBERTO. ¡Con mis hijas no te metas!
RAMIRO. (Con sarcasmo) Uy, parece que cogí un tema sensible para Don Humberto. ¿Qué pasa si te digo que ya le eché le ojo una de ellas?
HUMBERTO. ¡Oye huevonazo, ellas no tienen nada que ver en esto!
RAMIRO. ¡El gran empresario diciendo palabrotas! Cada vez te voy conociendo más. Parece que los trajes caros y el chofer sólo son pura imagen. Al final terminaste siendo uno más del barrio, ah.
(Se genera silencio por un momento. Se escucha la respiración fuerte de Humberto como tratando de calmarse. )
HUMBERTO. Me tienes acá amarrado y ya pasaron un montón de horas. Necesito ir al baño. Tengo frío y la verdad me duelen mucho las manos
RAMIRO. ¿Ahora quieres que te tenga pena?
HUMBERTO. Simplemente quiero algo de comer.
RAMIRO. Me imagino que pronto traerán comida. Yo también tengo hambre. ¡No creas que sólo los de tu clase comen!
HUMBERTO. ¿Y cuando van a venir? Hace rato que te veo caminando desesperado. Puede que no vengan.
RAMIRO. Tenemos un trato. Ellos tienen que venir por ti, de eso depende el dinero.
HUMBERTO. ¿Y que pasa si no vienen? ¿Qué pasa si te dejan con
el bulto? Hace rato que no se reportan. Quizás ya los atraparon.
RAMIRO. No me vengas con estupideces. Ellos van a venir.
(Ramiro coge la botella y bebe un sorbo largo.)
HUMBERTO. ¿No puedes soltar un poco estas sogas?
RAMIRO. ¡Estas loco! ¿Crees que soy idiota y te voy a desamarrar las sogas?
HUMBERTO. Creo que si tú me ayudas, yo también te puedo
ayudar.
RAMIRO. ¿A qué te refieres?
HUMBERTO. Ayúdame a salir de acá y te pago la recompensa a ti. Ya no tendrías que compartirla con nadie.
(Ramiro coge a Humberto y lo remece)
RAMIRO. ¡Tú no vas a poner las reglas aquí, ricachón de mierda! ¿Tú crees que estás en tu empresa para que se haga lo que tu digas? ¡Aquí mando yo!
(Ramiro lo suelta. Se pone a un lado y se prende otro cigarro.)
HUMBERTO. ¿Qué tienes contra mí? Yo no nací en una cuna de oro, sabes? Me costó mucho tener lo que tengo. Nada me regalaron. ¿Me tienes odio por tener dinero?
RAMIRO. Cállate.
HUMBERTO. ¡Trabaja! Yo he hecho eso todos los días.
(Ramiro saca el arma y lo apunta)
RAMIRO. ¡Cállate te digo! (Guarda el arma y se aparta. Ramiro toma otro trago de licor). Yo también trabajé. Tenía un buen trabajo, pero como no tengo las influencias que tú tienes. No tengo tu poder. Me botaron, me sacaron como un perro después de quince años en esa empresa. Un jefe cómo tú que tenía todo lo que quería. ¡El mundo a sus pies! ¡Qué fácil es ser feliz con tanto dinero!
HUMBERTO. No creas que mi vida es perfecta. Tengo
plata, pero he cometido muchos errores. Todos estos años he dejado a mi familia un lado. ¿Hace cuánto tiempo crees que mis hijas no me dan un beso? ¡Para ellas y mi esposa sólo soy un productor de dinero!
RAMIRO. ¿Se supone que ahora tengo que tener pena?
HUMBERTO. Has lo que quieras, pero no creas que soy el más
feliz del mundo.
(Entra una persona al cuarto)
RAMIRO. ¿Qué pasó? ¿A qué hora es el intercambio?
PERSONA. ¿Qué intercambio? Este viejo no nos sirve para nada. ¡Ni su familia quiere pagar el rescate por él!
RAMIRO. Pero, ¿qué pasó? Los llamaste, ¿no estaban preocupados? ¿Qué te dijeron?
PERSONA. ¡Simplemente no quieren saber nada! Dicen que se las arregle solo. No les interesa lo que le pase. (dirigiéndose a Humberto)
¿Tan mierda fuiste en tu vida que ni tu familia te quiere?
(Humberto se queda con la cabeza gacha.)
RAMIRO. ¿Y ahora que hacemos?
PERSONA. Nada pues. Yo me voy por unos tragos. No hay nada que el trago no calme... Haz lo que quieres con este perdedor.
RAMIRO. ¿Me lo dejas así no más?
(La persona no responde y sale de escena. Ramiro se sienta en la esquina vacía y se termina la botella de un solo trago)
Yo no se qué cosa harás tú, pero yo me voy. Eres un inútil, ¡ni para eso me sirves! ¿No querías tanto ser libre? Bueno, muévete para quitarte estas sogas.
(Ramiro desamarra las sogas. Humberto se le lanza encima y lo tira en una cajas del suelo)
HUMBERTO. ¡Ahora no te vas así de fácil! Me has tenido acá
por horas tratando de luchar para que me sueltes. Pensando que mi familia iba venir por mí. Tanto trabajo, tanto dinero. Todo para nada. ¡Dejé a mi familia por trabajar todo el día! ¡Nunca estuve para ellos! ¡No estuve para nadie! (Humberto comienza a golpear a Ramiro)
¡Mátame! ¿No me odias? ¡Mátame entonces! ¿Para qué quiero vivir? Si ni mi familia cree que vale pagar un rescate por mí. ¡Mátame!
(Ramiro se suelta)
RAMIRO. Yo me voy. Has lo que quieras tú. No me interesa.
(Humberto arrincona a Ramiro contra la pared)
HUMBERTO. ¡Tú no te vas hasta que me mates! (Humberto
comienza a llorar) ¡Mátame! ¡ Ya no quiero vivir! ¡Por lo menos haz eso por mí! Te doy toda mi plata si quieres. (Humberto coge la pistola que tiene Ramiro y hace que lo apunte) ¡Sólo tira el gatillo! ¡Dispara!
(Ramiro empuja a Humberto. Humberto cae al suelo)
RAMIRO. Yo no voy a solucionar tus problema.
(Ramiro deja la pistola encima de la mesa y se va. Humberto se queda en el piso llorando. Después de un momento se levanta y coge la pistola)
HUMBERTO. El dinero no pudo comprar mi felicidad, ahora
tampoco puede comprar mi muerte.
(Se apagan las luces y suena un disparo. El sonido de la calle aumenta. Se escucha una sirena de policía que se acerca)
FIN.
En la esquina izquierda hay una silla y una mesita vieja, en ella una botella de ron a la mitad y un teléfono celular. En la esquina derecha, a oscuras, está Humberto sentado en el piso con la cabeza gacha. Ramiro está caminando de un lado a otro fumando un cigarro. Se percibe un ambiente tenso. Hay sonido ambiental del tráfico de una calle que va desvaneciéndose según transcurre la escena.)
HUMBERTO. ¿Cuánto tiempo me vas a tener aquí amarrado?
RAMIRO. El tiempo que quiera. ¿No te das cuenta que el que tiene el control aquí soy yo?
HUMBERTO. Tienes el control sólo porque tienes un arma.
RAMIRO. No importa. Quien está amarrado aquí eres tú y vas a hacer lo que yo diga.
HUMBERTO. ¿Y por cuánto tiempo? Mi familia ya me debe estar buscando y no creo que tarde en llegar la policía.
RAMIRO. No lo creas, este lugar es muy difícil de localizar. Jamás se imaginarían que estás aquí.
HUMBERTO. ¿Dónde estamos? Oigo los carros y el tráfico.
RAMIRO. Lima es muy grande y lo suficiente cuando uno no quiere que lo encuentren.
HUMBERTO. Ellos van a venir.
RAMIRO. Bueno, y si vienen, ¿tú crees que les guste encontrarte así? Un gran empresario como tú: sucio, en el suelo, amarrado, indefenso. Totalmente desprotegido, sin ningún poder. Tú, Don Humberto De las Casas, primera vez en toda su vida desde que nació, sin un sirviente que lo ayude, sin ningún empleado que lo atienda. (Se agacha y lo mira retándolo) Es difícil tocar el suelo, no? Ahora ya sabes lo que se siente.
HUMBERTO. Simplemente quiero mi libertad. Puedes pedirme lo que quieras.
RAMIRO. No te preocupes que ya están pidiendo lo que queremos y muy pronto esto se va a acabar. Muy pronto podrás regresar a tu casa linda, con tus hijas preciosas... Lindas señoritas, no?
HUMBERTO. ¡Con mis hijas no te metas!
RAMIRO. (Con sarcasmo) Uy, parece que cogí un tema sensible para Don Humberto. ¿Qué pasa si te digo que ya le eché le ojo una de ellas?
HUMBERTO. ¡Oye huevonazo, ellas no tienen nada que ver en esto!
RAMIRO. ¡El gran empresario diciendo palabrotas! Cada vez te voy conociendo más. Parece que los trajes caros y el chofer sólo son pura imagen. Al final terminaste siendo uno más del barrio, ah.
(Se genera silencio por un momento. Se escucha la respiración fuerte de Humberto como tratando de calmarse. )
HUMBERTO. Me tienes acá amarrado y ya pasaron un montón de horas. Necesito ir al baño. Tengo frío y la verdad me duelen mucho las manos
RAMIRO. ¿Ahora quieres que te tenga pena?
HUMBERTO. Simplemente quiero algo de comer.
RAMIRO. Me imagino que pronto traerán comida. Yo también tengo hambre. ¡No creas que sólo los de tu clase comen!
HUMBERTO. ¿Y cuando van a venir? Hace rato que te veo caminando desesperado. Puede que no vengan.
RAMIRO. Tenemos un trato. Ellos tienen que venir por ti, de eso depende el dinero.
HUMBERTO. ¿Y que pasa si no vienen? ¿Qué pasa si te dejan con
el bulto? Hace rato que no se reportan. Quizás ya los atraparon.
RAMIRO. No me vengas con estupideces. Ellos van a venir.
(Ramiro coge la botella y bebe un sorbo largo.)
HUMBERTO. ¿No puedes soltar un poco estas sogas?
RAMIRO. ¡Estas loco! ¿Crees que soy idiota y te voy a desamarrar las sogas?
HUMBERTO. Creo que si tú me ayudas, yo también te puedo
ayudar.
RAMIRO. ¿A qué te refieres?
HUMBERTO. Ayúdame a salir de acá y te pago la recompensa a ti. Ya no tendrías que compartirla con nadie.
(Ramiro coge a Humberto y lo remece)
RAMIRO. ¡Tú no vas a poner las reglas aquí, ricachón de mierda! ¿Tú crees que estás en tu empresa para que se haga lo que tu digas? ¡Aquí mando yo!
(Ramiro lo suelta. Se pone a un lado y se prende otro cigarro.)
HUMBERTO. ¿Qué tienes contra mí? Yo no nací en una cuna de oro, sabes? Me costó mucho tener lo que tengo. Nada me regalaron. ¿Me tienes odio por tener dinero?
RAMIRO. Cállate.
HUMBERTO. ¡Trabaja! Yo he hecho eso todos los días.
(Ramiro saca el arma y lo apunta)
RAMIRO. ¡Cállate te digo! (Guarda el arma y se aparta. Ramiro toma otro trago de licor). Yo también trabajé. Tenía un buen trabajo, pero como no tengo las influencias que tú tienes. No tengo tu poder. Me botaron, me sacaron como un perro después de quince años en esa empresa. Un jefe cómo tú que tenía todo lo que quería. ¡El mundo a sus pies! ¡Qué fácil es ser feliz con tanto dinero!
HUMBERTO. No creas que mi vida es perfecta. Tengo
plata, pero he cometido muchos errores. Todos estos años he dejado a mi familia un lado. ¿Hace cuánto tiempo crees que mis hijas no me dan un beso? ¡Para ellas y mi esposa sólo soy un productor de dinero!
RAMIRO. ¿Se supone que ahora tengo que tener pena?
HUMBERTO. Has lo que quieras, pero no creas que soy el más
feliz del mundo.
(Entra una persona al cuarto)
RAMIRO. ¿Qué pasó? ¿A qué hora es el intercambio?
PERSONA. ¿Qué intercambio? Este viejo no nos sirve para nada. ¡Ni su familia quiere pagar el rescate por él!
RAMIRO. Pero, ¿qué pasó? Los llamaste, ¿no estaban preocupados? ¿Qué te dijeron?
PERSONA. ¡Simplemente no quieren saber nada! Dicen que se las arregle solo. No les interesa lo que le pase. (dirigiéndose a Humberto)
¿Tan mierda fuiste en tu vida que ni tu familia te quiere?
(Humberto se queda con la cabeza gacha.)
RAMIRO. ¿Y ahora que hacemos?
PERSONA. Nada pues. Yo me voy por unos tragos. No hay nada que el trago no calme... Haz lo que quieres con este perdedor.
RAMIRO. ¿Me lo dejas así no más?
(La persona no responde y sale de escena. Ramiro se sienta en la esquina vacía y se termina la botella de un solo trago)
Yo no se qué cosa harás tú, pero yo me voy. Eres un inútil, ¡ni para eso me sirves! ¿No querías tanto ser libre? Bueno, muévete para quitarte estas sogas.
(Ramiro desamarra las sogas. Humberto se le lanza encima y lo tira en una cajas del suelo)
HUMBERTO. ¡Ahora no te vas así de fácil! Me has tenido acá
por horas tratando de luchar para que me sueltes. Pensando que mi familia iba venir por mí. Tanto trabajo, tanto dinero. Todo para nada. ¡Dejé a mi familia por trabajar todo el día! ¡Nunca estuve para ellos! ¡No estuve para nadie! (Humberto comienza a golpear a Ramiro)
¡Mátame! ¿No me odias? ¡Mátame entonces! ¿Para qué quiero vivir? Si ni mi familia cree que vale pagar un rescate por mí. ¡Mátame!
(Ramiro se suelta)
RAMIRO. Yo me voy. Has lo que quieras tú. No me interesa.
(Humberto arrincona a Ramiro contra la pared)
HUMBERTO. ¡Tú no te vas hasta que me mates! (Humberto
comienza a llorar) ¡Mátame! ¡ Ya no quiero vivir! ¡Por lo menos haz eso por mí! Te doy toda mi plata si quieres. (Humberto coge la pistola que tiene Ramiro y hace que lo apunte) ¡Sólo tira el gatillo! ¡Dispara!
(Ramiro empuja a Humberto. Humberto cae al suelo)
RAMIRO. Yo no voy a solucionar tus problema.
(Ramiro deja la pistola encima de la mesa y se va. Humberto se queda en el piso llorando. Después de un momento se levanta y coge la pistola)
HUMBERTO. El dinero no pudo comprar mi felicidad, ahora
tampoco puede comprar mi muerte.
(Se apagan las luces y suena un disparo. El sonido de la calle aumenta. Se escucha una sirena de policía que se acerca)
FIN.
